Hacía tiempo que tenía ganas de escribir sobre esto, pero no encontraba la oportunidad adecuada. Es decir, no encontraba o el momento oportuno, o quizás lo que escribía no me convencía. O mi inspiración iba por otros lados, capaz. Éste es el último intento, esperemos que salga bien.
Ya desde el vamos me resulta un poco difícil escribir este post, por algunos motivos. Por un lado, no quiero dejar de escribir sobre este musical desde un punto de vista como lo es ser un simple espectador. Pero por otro lado, aunque no es la intención, puede ser visto como una crítica. Crítica que no es tal dado que me falta mucha formación para eso; así que por respeto a los especialistas, eliminemos ese término, por favor.
Esa frase resonó dentro de mí desde siempre, desde que la escuché por primera vez. Y desde esa primera vez siempre me hice las mismas preguntas. ¿Quitar la vida, para no matarla? ¿A la vida?
Evidentemente había algo que no me terminaba de quedar claro; lo cual era lógico, tenía cuatro o cinco años cuando la voz potente del cantante de Rancul se propalaba desde la vieja radio AM.
Paso el tiempo, pasaron las noviecitas del jardín, los “yo gusto de vos” de la primaria, los primeros besos del secundario junto con los primeros amores, o no, vaya uno a saber. Cosas que hacen que uno, que es más ¿grande?, piense que entiende todo.
Pero no, el amor no se trata de entender ni saberlas todas. En el momento de tu vida en que pensás que no te va a pasar nada que no sepas podés recibir el golpe al corazón más grande de tu vida. Y vos que pensás que entendías todo, no entendés nada. Hasta que escuchás esta canción… y quizás empezás a entender de nuevo.
Con una conmovedora letra de José Dicenta Fernández (dicen que inspirado en el trágico final de Waldo de los Ríos), y con música y una inigualable interpretación de Alberto Cortez, les acerco Amor desolado.
Yo puse el esfuerzo y ella la desgana
yo el hondo silencio y ella palabra,
yo senda y caminos y ella distancia
yo puse los ojos y ella mirada.
Quise entre mis manos retener el agua
y sobre la arena levanté mi casa,
me quedé sin manos, me quedé sin casa,
fui raíz oscura, y ella tronco y rama.
Para que la cuenta del amor sumara,
ella puso el cuerpo, yo el cuerpo y el alma.
Era toda viento, yo todo montaña,
yo pura resina y ella pura llama.
Una noche oscura se fue de mi casa,
cegaron mis ojos para no mirarla,
para no seguirla cerré las ventanas,
clausuré las puertas para no llamarla.
Puse rosas negras sobre nuestra cama,
sobre su memoria puse rosas blancas
y a la luz difusa de la madrugada
me quité la vida para no matarla.
Yo lo puse todo: vida, cuerpo y alma,
ella, Dios sabe, nunca puso nada,
nada, nada.
Cosa curiosa que tenemos por estos lados de Occidente, al recordar a quienes fueron especiales el día en que fallecieron, en vez de hacerlo el día en que nacieron.
Hace diecinueve años, el 24 de Noviembre de 1991, fallecía en la ciudad de Londres un músico maravilloso, un cantante de excepción, un artista sin igual. Estoy hablando de Freddie Mercury, líder de la mítica banda Queen. Seguí leyendo →
Yo confieso que… fuí telemarketer. Sí, ese grupo especial de personas para escuchar lo que no nos gusta, callar lo que quisiéramos decir en el momento de hacerlo, y decirlo cuando finalizamos la llamada.
No fue una mala época (época = cinco años y medio, más o menos), al contrario: aprendí mucho, me llevé vivencias, anécdotas y me nutrí del ya inevitable folclore del telemarketer. Pequeñas perlas de sabiduría que se transmiten entre los boxes, entre llamada y llamada.
Como por ejemplo, este audio que les acerco… una recreación en audio de qué pasaría si los clientes aplicaran las mismas técnicas que se aplican con ellos.
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Una mujer va a al concesionario a comprar un auto de lujo. Cuando sale del concesionario enciende la radio, y ve con sorpresa que no funciona. Indignada, vuelve al lugar de venta.
- Oiga, la radio de este auto no funciona. La enciendo y no se oye nada.