
Propuso el sábado por proponer algún día, porque la verdad es que no estaba muy convencido de hablar de nada (ni siquiera de las cosas que le pasaban) ni con nadie (ni siquiera con L. ni con Y., que eran sus afectos más cercanos y queridos). Así que luego de ver en la pantalla de su celular que su mensaje había sido entregado al destinatario, sostuvo el aparato entre sus manos por un minuto, o dos, esperando una respuesta.
Bueno, lo de esperando era una forma de decir. La verdad es que en ese momento le daba exactamente lo mismo si L. contestaba o no. Es más, si recibía una respuesta negativa, tanto mejor.
Pasaron dos minutos. Y luego pasaron dos minutos más. La pantalla se oscureció pasando al modo de reposo, señal de que quizás su deseo de no hablar con él (ni con nadie) se había cumplido. Guardó el teléfono en uno de los bolsillos de su pantalón y siguió caminando por la avenida.
Avenida que lo cautivó desde aquella primera vez que la recorrió de punta a punta. Con lluvia, sol, viento, chocándose con la gente o en total libertad para andar a su ritmo; esa avenida era su avenida. Esa avenida era la que siempre tenía algún mensaje para darle en los momentos más altos de felicidad o en los tiempos de angustias más profundas. Y esta vez parecía no ser distinta…
A medida que recorría las cuadras, veía los autos andar en un sentido y en otro y se preguntaba si su vida dejaría de ser alguna vez como esos vehículos. En cada semáforo, lo embargaba la intriga de saber si alguna vez su angustia se encontrará con alguna luz roja.
¿Encontrará alguna vez para su interior la misma luz que le devolvía su avenida, cuadra tras cuadra? Eso era lo último que recordó antes de…