[Especial Día del Maestro] La Maestra – Héctor Gagliardi


Tan buena como mi vieja
y como ella nerviosa,
de las que agrandan las cosas
y que por nada se quejan.
Tenía entre ceja y ceja
esa cuestión del aseo
y en lo mejor del recreo
revisaba las orejas.

Decía que un pajarito
al oído le nombraba
los niños que conversaban
cuando salía un ratito.
Y si un grandote de quinto
armaba la tremolina,
parecía una gallina
cuando tiene los pollitos.

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Gente que busca gente

Los que trabajamos o tenemos que pasar frecuentemente por el Microcentro, ya lo sabemos y lo tenemos asumido: la llamada City es todo un ecosistema con sus lugares, personajes, historias… para encontrarse con cualquiera de esas cosas basta solamente con salir a caminar un rato ya sea a la hora del almuerzo o rumbo a la estación de tren o subte cuando regresamos a nuestra casa. Precisamente en una de esas caminatas que hago a la hora del almuerzo, me encontré con el siguiente cartel pegado en una pared…

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De nuevas etapas que comienzan…

En estos momentos hay un torbellino más o menos desordenado de emociones, pensamientos, sentimientos; bueno, en realidad este torbellino está presente desde hace un tiempo (casi medio año) en que tomé la decisión de cambiar la forma en que me trato a mí mismo para, de esa forma, cambiar la forma de tratar y ser tratado por los demás. Y gracias a ese torbellino que poco a poco logro controlar (a veces sí, a veces no) es que poco a poco se van dando cosas que me terminan de completar como persona.

Lo que voy a dejar escrito ya es sabido por muchos, seguro: pero se trata de un paso muy importante en mi vida y no quiero dejarlo sin registrar…

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El Seminarista de los Ojos Negros – Miguel Ramos Carrión

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…

División de bienes

Estimada Consuelo:

Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial.

A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.

Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

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Amor desolado – Alberto Cortez

Me quité la vida, para no matarla.

Esa frase resonó dentro de mí desde siempre, desde que la escuché por primera vez. Y desde esa primera vez siempre me hice las mismas preguntas. ¿Quitar la vida, para no matarla? ¿A la vida?

Evidentemente había algo que no me terminaba de quedar claro; lo cual era lógico, tenía cuatro o cinco años cuando la voz potente del cantante de Rancul se propalaba desde la vieja radio AM.

Paso el tiempo, pasaron las noviecitas del jardín, los “yo gusto de vos” de la primaria, los primeros besos del secundario junto con los primeros amores, o no, vaya uno a saber. Cosas que hacen que uno, que es más ¿grande?, piense que entiende todo.

Pero no, el amor no se trata de entender ni saberlas todas. En el momento de tu vida en que pensás que no te va a pasar nada que no sepas podés recibir el golpe al corazón más grande de tu vida. Y vos que pensás que entendías todo, no entendés nada. Hasta que escuchás esta canción… y quizás empezás a entender de nuevo.

Con una conmovedora letra de José Dicenta Fernández (dicen que inspirado en el trágico final de Waldo de los Ríos), y con música y una inigualable interpretación de Alberto Cortez, les acerco Amor desolado.

Yo puse el esfuerzo y ella la desgana
yo el hondo silencio y ella palabra,
yo senda y caminos y ella distancia
yo puse los ojos y ella mirada.

Quise entre mis manos retener el agua
y sobre la arena levanté mi casa,
me quedé sin manos, me quedé sin casa,
fui raíz oscura, y ella tronco y rama.

Para que la cuenta del amor sumara,
ella puso el cuerpo, yo el cuerpo y el alma.
Era toda viento, yo todo montaña,
yo pura resina y ella pura llama.

Una noche oscura se fue de mi casa,
cegaron mis ojos para no mirarla,
para no seguirla cerré las ventanas,
clausuré las puertas para no llamarla.

Puse rosas negras sobre nuestra cama,
sobre su memoria puse rosas blancas
y a la luz difusa de la madrugada
me quité la vida para no matarla.

Yo lo puse todo: vida, cuerpo y alma,
ella, Dios sabe, nunca puso nada,
nada, nada.

Reposo

Serenity
Ella es de mediana estatura, bah, calculo que medirá lo mismo que yo. Sus ojos son verde claro. Su mirada refleja seguridad y calma.
Él, se nota que recién llegó al mundo de los mortales; y en su mirada tiene el registro de lo que todavía no vivió…
Y en medio del frenesí de la rutina de quienes los rodean, él reposa su carita pequeña en su pecho.

¿O será que ella deja reposar su corazón en su cuerpito que no deja de ser un ángel?

Arte y Tetas

“Si quieres que tu blog sea visible por lo motores de búsqueda, habrás de hacer un post con la palabra teta”.

No recuerdo dónde leí esa frase. En fin. Como es de público conocimiento, este mes de Octubre de 2010 es el mes de la Lucha contra el Cáncer de Mama. Ya desde el vamos el cáncer es una de las enfermedades más terribles a las que nos enfrentamos como Humanidad, por varios motivos, por desconocimiento de causas y cura, por esa sensación de que cualquier precaución es insuficiente, etcétera.

Y dentro de ese carácter de terrible, el cáncer de mama resulta tortuoso para nuestras compañeras del sexo femenino. A la incertidumbre, al dolor, al sufrimiento de los tratamientos que muchas veces no resultan, se suma la dureza de que en muchas ocasiones es como un ataque a los valores que representan el ser mujer hoy en día.

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