
Sólo nos queda derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario y destruir al macho.
Visto en una de las paredes del Banco Nación, Casa Central.

Sólo nos queda derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario y destruir al macho.
Visto en una de las paredes del Banco Nación, Casa Central.
Toni Braxton. Enrique Pinti. Desmond Tutu. Niels Bohr. Estamos todos juntos muy felices y contentos festejando los aniversarios de nuestros respectivos natalicios (o sea, estamos cumpliendo años hoy).
En lo personal, estoy llegando a la tan mencionada década de los treinta, dando cierre a etapas que vistas a la distancia no me hicieron definitivamente bien. Estoy llegando y mirando hacia adelante, hacia cosas que sí me están haciendo definitivamente bien. Y no estoy llegando solo, estoy llegando con una mujer maravillosa, que está a mi lado en las cosas buenas (y no tan buenas) que me están ocurriendo en los otros órdenes de la vida.
Empiezo esta década con muchas ganas, con muchos deseos, con muchos anhelos y planes que muero de ganas de ver cumplidos, pero que no se pueden alcanzar sin el trabajo del día a día. Y estoy feliz del día a día que estoy viviendo.
¡Salud para mí! (Y brindo con los que comenten)
Los que trabajamos o tenemos que pasar frecuentemente por el Microcentro, ya lo sabemos y lo tenemos asumido: la llamada City es todo un ecosistema con sus lugares, personajes, historias… para encontrarse con cualquiera de esas cosas basta solamente con salir a caminar un rato ya sea a la hora del almuerzo o rumbo a la estación de tren o subte cuando regresamos a nuestra casa. Precisamente en una de esas caminatas que hago a la hora del almuerzo, me encontré con el siguiente cartel pegado en una pared…
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En estos momentos hay un torbellino más o menos desordenado de emociones, pensamientos, sentimientos; bueno, en realidad este torbellino está presente desde hace un tiempo (casi medio año) en que tomé la decisión de cambiar la forma en que me trato a mí mismo para, de esa forma, cambiar la forma de tratar y ser tratado por los demás. Y gracias a ese torbellino que poco a poco logro controlar (a veces sí, a veces no) es que poco a poco se van dando cosas que me terminan de completar como persona.
Lo que voy a dejar escrito ya es sabido por muchos, seguro: pero se trata de un paso muy importante en mi vida y no quiero dejarlo sin registrar…
Leer (y comprender y disfrutar y volver a leer) a Jorge Luis Borges es una de las deudas que tengo pendientes conmigo mismo. Tal es así que puedo identificar perfectamente las cuatro oportunidades en que tuve contacto con su obra: este mismo post, un ejemplar de El Aleph que compré el año pasado en una mesa de saldo de la Feria del Libro, un post del año 2009 en el que cité al I Ching, y Límites, un poema que leí cuando estaba en cuarto año del secundario, que jamás supe el significado que tiene para mí (pero siempre lo tengo presente).
Hoy, a veinticinco años de su fallecimiento, elijo ese poema para homenajearlo en mi blog.
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…
Hay ocasiones en que el recuerdo de mi papá (hombre excepcional, si los hubo) aparece en los momentos menos relacionados, al menos inicialmente. Por ejemplo, después de una salida con amigos: gente con la que te hace bien estar, ricas pizzas, cerveza bien helada, charlas profundas y comentarios que te hacen reir hasta la exageración. Y luego de esa salida viene el largo viaje hasta casa (también conocido como #TheConurbanoExperience) que, por ser casi en el inicio de la madrugada, se hace en combi.
Y ahí se juntan un montón de cosas, ¿viste? Por un lado la sensación del hermoso momento que acabás de vivir, por otro lado la luna brillante, también la brisa fresca de verano u otoño que entra por la ventanilla abierta hasta por ahí nomás. Y todo eso confluye en una canción de cuna…
…en una canción de cuna algo peculiar.
Estimada Consuelo:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial.
A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.
Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
Un aporte de La Piñata de iVanxo El Blog de Iván Dawidowski a la confrontación entre machistas y feministas. A tomarlo con buen humor, por favor.