Una historia casi verídica, del Profesor de Educación Física Luis Quintela.
En el año 1985 el papá de un alumno vino a la escuela a solicitarme que, dentro de mis posibilidades, eximiera de las clases de educación física a su hijo de 10 años porque éste tenia muchísimas condiciones para jugar al fútbol y en el club al cual iba, le habían aconsejado tener cuidado con esas clases, porque podrían ser “contraproducentes” para su futura formación futbolística. Es decir, de manera indirecta querían prohibirle al chico compartir, “jugar” y tener un montón de experiencias motrices con sus compañeros.
Esto me pareció una falta de respeto hacía los derechos del niño. Era como si se le estuviera exigiendo empezar a “trabajar” desde esa edad; se me representó la imagen de esos chicos que uno ve continuamente en las calles o estaciones terminales, realizando tareas de adultos que deberían hacer mucho más adelante.