Papel en mano, recorrí las cuadras que separaban mi casa de la casa de Y. Mi paso era firme, podría haber leído la nota un par de veces más; pero en vez de eso preferí llegar a casa y tomarme un café. Mientras pensaría qué iba a hacer.
El viejo sofá rechinó cuando yo me recosté (¿sería el viejo sofá, o yo que me estaba poniendo viejo?). Agarré el celular, y marqué el número de L. Sonó una vez, dos… no atendió. Apuré el café antes de que se enfriara y volví a intentar sin éxito.
No me quedó otra que mandarle un mensaje de texto -cosa que odio, jamás entendí el texto predictivo y me jode escribir letra por letra-.
Y. encontró la nota que escribiste. Hablemos.
Dejé el celular sobre la mesita, y me puse más cómodo; quería descansar un momento.
La situación parecía simple: Y. encontró una nota escrita por L. Y. estaba muy preocupada por lo que L. pudiera hacer y me pidió ayuda. Pero algo me hacía pensar que no sería tan simple: un afecto muy fuerte me une a los dos, y quizás por estar en el medio termine afectado de una u otra manera.
Me encontraba pensando en eso cuando me quedé dormido… me di cuenta de eso cuando me despertó mi celular, avisando la llegada de un
Nuevo mensaje de L.
Me restregué un poco los ojos, para acostumbrarme a la luz y así poder leer mejor.
Hoy se me complica. Véamonos este sábado.
Ni le respondí. Ni siquiera pensé si iba a poder verlo este sábado. Ni nada. Di media vuelta en la cama y seguí durmiendo.