¿Menús? ¿Menúes? ¿Cómo se dice?

Esta pregunta se puede escuchar tanto en el ámbito gastronómico como en el de sistemas. Y como suele pasar, uno opina que se dice de una manera, otro intenta corregir, se polariza la discusión, se llega a las piñas… eh, bueno, no tanto.

Justamente para evitar peleas y discusiones vamos a acudir al Diccionario Panhispánico de Dudas, creación de la Real Academia Española que intenta ser una referencia para este tipo de dudas. Es así que podemos concluir que

menú. ‘Conjunto de platos que constituyen una comida’, ‘carta de un restaurante’ y, en informática, ‘conjunto de opciones que aparecen en pantalla’. El plural asentado en la lengua culta es menús (→ plural, 1c): «Pedí uno de los menús y una botella de burdeos» (SchzOstiz Ilusión [Esp. 1989]). Se desaconseja el plural menúes.

Gente que busca gente

Los que trabajamos o tenemos que pasar frecuentemente por el Microcentro, ya lo sabemos y lo tenemos asumido: la llamada City es todo un ecosistema con sus lugares, personajes, historias… para encontrarse con cualquiera de esas cosas basta solamente con salir a caminar un rato ya sea a la hora del almuerzo o rumbo a la estación de tren o subte cuando regresamos a nuestra casa. Precisamente en una de esas caminatas que hago a la hora del almuerzo, me encontré con el siguiente cartel pegado en una pared…

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De nuevas etapas que comienzan…

En estos momentos hay un torbellino más o menos desordenado de emociones, pensamientos, sentimientos; bueno, en realidad este torbellino está presente desde hace un tiempo (casi medio año) en que tomé la decisión de cambiar la forma en que me trato a mí mismo para, de esa forma, cambiar la forma de tratar y ser tratado por los demás. Y gracias a ese torbellino que poco a poco logro controlar (a veces sí, a veces no) es que poco a poco se van dando cosas que me terminan de completar como persona.

Lo que voy a dejar escrito ya es sabido por muchos, seguro: pero se trata de un paso muy importante en mi vida y no quiero dejarlo sin registrar…

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[Especial Día del Padre] Mi padre y yo lo plantamos un día…

Es obvio que con el título que elegí para este post quiero recordar especialmente a mi viejo. Y no hay que ser muy inteligente para ver que este post está relacionado con árboles. No podía no elegir a Alberto Cortez para musicalizar esto, ¿verdad?

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Límites

Leer (y comprender y disfrutar y volver a leer) a Jorge Luis Borges es una de las deudas que tengo pendientes conmigo mismo. Tal es así que puedo identificar perfectamente las cuatro oportunidades en que tuve contacto con su obra: este mismo post, un ejemplar de El Aleph que compré el año pasado en una mesa de saldo de la Feria del Libro, un post del año 2009 en el que cité al I Ching, y Límites, un poema que leí cuando estaba en cuarto año del secundario, que jamás supe el significado que tiene para mí (pero siempre lo tengo presente).

Hoy, a veinticinco años de su fallecimiento, elijo ese poema para homenajearlo en mi blog.

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Trauma patriótico

En una fecha tan llena de consideraciones historiológicas y apreciaciones socioculturales, cada uno tiene sus imágenes, sus recuerdos, sus momentos vividos alrededor del 25 de Mayo. El chocolate caliente, los churros, las empanas y los pastelitos forman parte del recuerdo popular que pasa de generación en generación. No podemos dejar de mencionar a las damas antiguas con sus vestidos y a los caballeros con sus trajes, a los vendedores con sus pregones, a la perpetua polémica acerca de si en esa fecha llovió o no y si existían los paraguas.

Y es en esta fecha, reitero, que yo tengo mi propio recuerdo…

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Danubio azul

Me pregunto por qué tengo cinco (sí, cinco) versiones del Danubio Azul en mi reproductor de MP3.
@IvanDawidowski
Iván L. Dawidowski

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El Seminarista de los Ojos Negros – Miguel Ramos Carrión

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…