Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar llegaban a caballo, en burro, en mula y en patas.
Como suele suceder en estas escuelitas perdidas, el lugar tenía una sola maestra -una solita, que amasaba el pan, trabajaba una quintita, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.
Me olvidaba: la maestra de aquella escuela se llamaba Virtudes Choique. Era una morocha más linda que el 25 de Mayo. Y me olvidaba de otra cosa: Virtudes Choique ordeñaba cuatro cabras, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones (como ven, hay maestras y maestras).
Esta del cuento, vivía en la escuela. Al final de la hilera de bancos, tenía un catre y una cocinita. Allí vivía, cantaba con la guitarra, y allí sabía golpear la caja y el bombo.
Película que me llamó la atención en el momento en que la ví. Por un lado por las muy buenas actuaciones, en especial la de Steve Carrell, por otro lado por el contraste marcado entre los distintos estereotipos sociales que se muestran.
Una mención aparte merece la banda de sonido que acompaña y no desentona, además es agradable escuchar una y otra vez.
Una mujer de 45 años sufre un cuadro coronario agudo y es sometida a una cirugía de revascularización de urgencia. Mientras está en la mesa de operaciones tiene una experiencia cercana a la muerte en la cual ve a Dios y le pregunta si en verdad va a morir. Dios le dice que no, que va a vivir 30 o 40 años más. La mujer se recupera y decide aprovechar.
Así como confesé anteriormente que me agrada ver películas de Disney, en esta ocasión les confesaré una de mis características más notables: hay elementos culturales considerados clásicos (libros, películas, series, etcétera) que si bien conozco de qué se tratan, nunca tuve la ocasión de “sentarme” a leerlos, escucharlos, verlos. Y hay muchos de estos elementos, créanlo.
Pero en esta ocasión voy a hablar de Epitafios, miniserie producida por Pol-ka para HBO en 2004.