
Una semana donde destacaron los perros de la estación, Cesarina mi gata, milangas, gomitas de colores y un nido de vaya a saber qué cosa.

Una semana donde destacaron los perros de la estación, Cesarina mi gata, milangas, gomitas de colores y un nido de vaya a saber qué cosa.
En un pueblo bonaerense, hace varios años, solía pasar por el almacén de don José para comprar productos frescos de granja. La comida y el dinero faltaban y el trueque se usaba mucho. Un día el señor estaba despachándome azúcar. De repente me fijé en un chico, delicado de cuerpo y aspecto, con ropa gastada pero limpia que miraba atentamente un cajón con arvejas frescas. Pagué mi azúcar, pero yo también me sentí atraído por el aspecto de las arvejas. Mientras las miraba, no pude evitar escuchar la conversación entre don José y el niño:
-Hola Cristian, ¿como estás?
-Hola señor. Estoy bien, gracias. Sólo miraba las arvejas… se ven muy bien.
-Sí, son muy buenas. ¿Cómo está tu mamá?.
-Bien. Cada vez más fuerte.
-¡Qué bueno! ¿Hay algo en que pueda ayudarte?.
-No señor… sólo admiraba las arvejas.
-¿Te gustaría llevar algunas a casa?.
-No, señor. No tengo con qué pagarlas.
-Bueno, ¿qué tenés para cambiar por ellas?
-Lo único que tengo es esto, mi bolita… mi canica más valiosa.
-¿De veras? ¿Me dejás verla?
-Acá está. ¡Es una joya!
-Ya lo veo. Mmmm… el único problema es que es azul y a mí me gustan las rojas. ¿Tenés alguna como ésta, pero roja, en casa?
-No exactamente, pero casi… parecida.
-Hagamos una cosa. Llevate esta bolsa con arvejas y la próxima vez que vengas mostrame la bolita roja que tenés.
-¡Gracias señor!, dijo Cristian. Tomó la bolsa y se fue.
La esposa de don José se me acercó y con una sonrisa me dijo:
-Hay dos niños más como él, en situación muy pobre. A José le encanta hacer trueques con ellos por arvejas, manzanas, tomates, o lo que sea.
Cuando vuelven con las bolitas rojas, (y siempre lo hacen) él decide que en realidad no le gusta tanto el rojo y los manda a casa con otra bolsa de mercadería y la promesa de traer una canica de color naranja o verde, tal vez.
Me fui del negocio sonriendo e impresionado con este hombre.
Un tiempo después me mudé, pero nunca me olvidé de él, de esos niños y de los trueques entre ellos. Pasaron varios años, cada uno más rápido que el anterior. Hace poco tiempo tuve la oportunidad de visitar a unos amigos en el pueblo. Allí, me enteré que don José había muerto. Esa noche era su velatorio, mis amigos querían ir y acepté acompañarlos. Al llegar, nos pusimos en fila para ofrecer nuestro pésame. Delante de nosotros había tres hombres jóvenes. Uno tenía puesto un uniforme militar y los otros dos unos lindos trajes oscuros con camisas blancas. Parecían profesionales. Se acercaron a la señora, quien se encontraba al lado de su difunto esposo, tranquila. La abrazaron, la besaron, conversaron brevemente con ella y luego se acercaron al ataúd. Los ojos azules de ella, llenos de lágrimas, los siguieron mientras cada uno tocaba con su mano cálida la mano fría dentro del ataúd. Cada uno se retiró de la funeraria limpiándose los ojos.
Llegó nuestro turno y al acercarme a la señora le recordé quién era y lo que me había contado años atrás sobre las bolitas. Con los ojos brillosos me tomó la mano y me dijo:
-Esos tres jóvenes que acaban de irse, son los tres chicos de los cuales te hablé aquella vez. Acaban de decirme cuanto agradecían los “trueques” de José. Ahora que él no puede cambiar de parecer sobre el tamaño o color de las bolitas, vinieron a pagar su deuda. Nunca hemos tenido riqueza -me confió- pero ahora José se consideraría el hombre más rico del mundo.
Con una ternura amorosa y conmovedora, levantó los dedos sin vida de su esposo. Debajo de ellos había tres bolitas rojas, muy brillantes.
Entonces, ella solo agregó: -No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones.
Bueno, al fin y al cabo yo había abierto Firefox para ver algún sitio.


Hoy es un día para escuchar jazz
Hacele caso al cartel y escuchá lo que quieras: puede ser Louis Armstrong, o Dizzy Gillespie, o Duke Ellington. Pero el que nunca puede faltar es el grosso de B. B. King.
En el mes de agosto de 1988 el ex oficial de Policía Daniel Julio Scandinaro pasaba tranquilamente sus días en una casaquinta del Gran Buenos Aires, acompañado por una mujer rubia y atractiva. Visitaban a la feliz pareja algunos amigos, que llegaban en automóviles importados. Todo parecía normal… salvo que, para los registros de la Municipalidad de Mar del Platam Scandinaro había sido cremado el 21 de febrero de ese mismo año.
Mientras tanto dos compañías norteamericanas, ante las cuales Scandinaro había asegurado su vida, empezaban a pagar las sumas pactadas. Otras dos compañías aseguradoras -una inglesa y otra argentina- deciden en cambio iniciar una investigación que se transforma en seguida en una carrera contra el tiempo: si alguien mata a Scandinaro, todo habrá sido inútil.
¿Y qué pasa en el medio de todo eso? ¿Cómo termina? Bueno, eso es lo que cuenta Enrique Sdrech (o El Turco como se lo recuerda cariñosamente) en El Hombre que Murió Dos Veces en un trabajo que se puede identificar como novela policial con una duración lamentablemente breve. A través de la lectura de sus páginas el interés y el suspenso se mantienen sin decaimiento gracias a la incomparables experiencia y conocimiento de Sdrech en el ámbito policial.