
No sean malpensados, che, que acá lo importante es la sensación de protección que parece percibir el gatito.

No sean malpensados, che, que acá lo importante es la sensación de protección que parece percibir el gatito.
No sabemos si el motivo es el mensaje en otro idioma. O quizás el formato. O el significado. O vaya uno a saber qué.
Lo que es innegable es el sentimiento de duda expresado en tiza sobre el kiosquito de diarios.

¿Ya está? ¿Ya pasó? Sí, parece que sí. El almanaque colgado en la cocina y el relojito en la esquina del escritorio de Windows no dejan lugar a dudas: terminó el 2011 y empezó el 2012. Terminó el 2011, año que trajo un montón, pero un montón de cosas buenas y de las otras en todos los niveles. Terminó el 2011, y empezó el 2012 y ya comimos, bebimos, brindamos, nos emborrachamos, puteamos contras las empresas de telefonía por los mensajes y llamados que no pudimos hacer y recibir y nos fuimos a dormir con una mezcla de sensaciones en el corazón… o en la panza, depende de cuánto hayamos hincado el diente en los diversos manjares.
Así que ahora, que faltan pocas horas para que termine el primer día de este año nuevo, no quería dejar de pasar por mi blog… para recordar, para saludar, para agradecer, siempre desde el corazón.
El otro día vi de nuevo Patch Adams, en TV por cable. Es una historia ya conocida por muchos, ¿verdad?, la de Hunter Adams, aquel que alcanzó notoriedad por plantear una alternativa al praxis médica (en pocas palabras, tratar al paciente en vez de a la enfermedad).
Siempre hay controversias cuando se trata de llevar una historia real, o un libro, al cine: no lo voy a discutir acá. Lo que sí quiero traer a mención es el discurso que da el personaje de Patch Adams, en la escena en que se somete su caso al Consejo de Medicina. Una de las defensas más apasionadas que haya visto sobre el deseo de enseñar, de aprender y sobre todas las cosas, el deseo de servir.
Vieja amiga oscuridad
otra vez quisiera hablar
porque he tenido nuevamente,
una visión que suavemente
iba cambiando mi manera de pensar;
la oigo hablar, la escucho en el silencio.
En sueños caminaba yo
entre la niebla y la ciudad
por calles frías, desoladas
cuando una luz blanca y helada
hirió mis ojos y tambien hirió la oscuidad
la vi brillar, la veo en el silencio.
En la desnuda luz miré
vi mil personas, tal vez más.
Gente que hablaba sin poder hablar,
gente que oía sin poder oir
y un sonido que los envolvía sin piedad.
Lo puedo oir, sonidos del silencio.
Entonces yo les quise hablar,
entonces los quise ayudar.
Quise sentirlos como hermanos.
quise tomarlos de las manos
pero no podian, no podían despertar
y entender de un dia en el silencio.
Se arrodillaban a rezar.
aquella luz era su dios
yo les grité que despertaran,
que la verdad ahí no estaba
que los profetas no, no son luces de neón
y que Dios siempre habla en el silencio.

Sólo nos queda derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario y destruir al macho.
Visto en una de las paredes del Banco Nación, Casa Central.
¿A vos te parece? Sos un hombre grande, con treinta años y todavía seguís jugando a Super Mario. Sí, ¿y qué? Lo digo sin ningún problema ni tapujo. Super Mario sigue siendo una de las pocas cosas que me vinculan a mi infancia, cuando nos juntábamos los pibes a jugar al Family Game mientras nuestras madres rezongaban por jugar demasiado a los jueguitos.
Pasó el tiempo, se lanzaron consolas más modernas, y con ellas nuevas versiones del clásico fontanero bigotón. Y yo, que no dejé del todo a mi niño interior, siempre que pude accedí a cualquier novedad de la creación de Nintendo.
Así que revisando algunos vínculos que tenía guardados en mi Google Reader, les acerco algunas cosas curiosas relacionadas con Super Mario, que encontré pasando por Dotpod.
¡Más vale que me importa la opinión de los demás! ¡Qué me importa mi opinión, si siempre voy a estar de acuerdo!
Alejandro Dolina
Dicen que las comparaciones son odiosas. Pero yo no sé… a mí éstas me parecen divertidas, y hasta se pueden agregar más.